lunes, 15 de diciembre de 2014

Pedacito pequeño. ;)

Tengo que empezar confesando que no sé tomar notas, empiezo bien y termino en un desastre, todo un desorden (que, solo en extraños, muy extraños casos, no entiendo); lo digo porque de vez en cuando me da por escribir "cosas" (que nunca termino, pero eso para otra ocasión) y, sí, de la misma forma en que tomo notas, así lo hago.

Por lo arriba mencionado, siempre pierdo lo que escribo o yo misma lo boto o elimino (no sé por qué -.-´).
 

Para llegar al punto, cuando regresaba a casa de la universidad, en la guagua, vi  una linda pareja cuyos gestos (no exagerados) fueron agradables, él se veía muy caballeroso y respetuoso y ella muy tierna. 

Realmente los sentimientos que inspiraron no fueron para nada negativos, me alegró verlos; pero, tal vez inconscientemente, solo los cambié (los sentimientos).
  
Transformé la escena en un campo de batalla en el que ambos se bombardeaban.

Ahora escribiendo estas líneas me pregunto si ese día estaba envidiosa (no lo creo) o enojada por algo (no lo recuerdo). Lo cierto es que me emocioné tanto que puse una serie de palabras no muy buenas, por eso solo pondré un pedacito pequeño. 

 
Ese cabrón se empecinó en mantener  la situación. 
Se empeñó en continuar con la actuación que solo causó: insatisfacción.

:D 


domingo, 24 de agosto de 2014

Aceptar y rectificar.

En 2001, para mi  8vo. cumpleaños, papi me regaló un libro de cuentos grueso, de tapa dura, con un olor a libro increíble (lo recuerdo como si hubiese sido ayer) titulado "Los mejores cuentos de nuestra vida", un compendio que recoge algunas obras de Jacob y Wilhelm Grimm, Charles Perrault, Alexandr N. Afanásiev, Hans Christian Andersen y otros.  

Los he leído todos más de una vez, pero el que realmente me marcó y se quedó como el mejor de mi vida, fue el último (muchas veces lo mejor está al final),  un cuento popular francés que no ocupa más de dos páginas, que a continuación transcribo.

"De cómo una anciana engañó a la muerte"  

En un pueblo de Artois vivía una buena anciana que era feliz ayudando a los necesitados. Todo el que llamaba a su puerta podía estar seguro de que la buena mujer le daría unas monedas y un buen pedazo de pan blanco; así que los mendigos de los pueblos vecinos nunca pasaban por los alrededores sin detenerse a hacerle una visita.
Un día, un famoso santo varón, de cuyo nombre no me acuerdo, que había ido a comer a casa de la anciana cada vez que había tenido que ir por allí cerca a resolver algún asunto, le dijo:
-          El buen Dios me ha otorgado el poder de concederos un deseo. Pensadlo bien y decidme qué queréis.
-          Me gustaría que todo el que se suba al ciruelo que tengo en el jardín no pueda bajar hasta que yo lo diga.
-          Lo que queréis es un poco extraño, buena mujer. Pero, en fin, que así sea.
Diez años más tarde, la muerte pasó por la casa de la anciana.
-          Va a cumplir pronto los ochenta –se dijo la muerte-; ya ha vivido lo suyo, así que voy a llevármela.
Y la muerte entró en la casa.
-          ¿Eres tú, muerte? Llevo mucho tiempo esperándote; estoy preparada para irme contigo cuando quieras, y no creas que me importa –dijo la anciana-. Pero, no, espera, me equivoco; antes de dejar esta vida me gustaría comerme un par de ciruelas.
-          Si no es más que eso, espera un momento.
La muerte salió al jardín, se subió al ciruelo y cogió un par de frutas; pero justo cuando se disponía a bajar, la anciana dijo:
-          Que la muerte no baje del árbol hasta que yo diga.
Y por mucho que la muerte la amenazó, rogó, gritó e insultó, no consiguió que la anciana la dejara bajar del árbol.
Durante seis meses nadie murió en la Tierra. Los débiles, los heridos y los enfermos sufrían sin descanso, y llamaban a la muerte, pero ésta no acudía.
Los más desesperados eran los médicos, que no conseguían hacer morir ni a la criatura más enfermiza que pueda uno imaginarse.
Un médico, que era un viejo amigo de la muerte, se subió al árbol para ayudarla a bajar y lo único que consiguió fue compartir su suerte.
Al poco tiempo, comenzó a llegar gente de todas partes a pedirle a la anciana que dejase bajar del árbol a la muerte. Al final, la buena mujer accedió a condición de que la muerte llamase tres veces cuando viniese a llevársela.
Entonces la muerte bajó del árbol y volvió de nuevo a llevarse a los vivos, para alivio de unos y desesperación de otros.
Al poco tiempo, la anciana envejeció tanto, y estaba tan consumida y tan desvalida, que fue ella la que llamó tres veces a la muerte; y así entró en el Paraíso a ocupar el lugar que le estaba reservado por sus buenas obras.   

De él aprendí  que como humanos (aun siendo buenos humanos) somos susceptibles de ser, en algún punto, calculadores y egoístas en nuestro accionar, olvidándonos de las condiciones de los demás; como la anciana que por miedo (supongo) a morir, puso a la muerte en el árbol, dejando de lado a débiles, heridos, enfermos y  médicos que padecían por la alteración del ciclo de la vida.

Que debemos, dejando de lado el orgullo,  aceptar el error  y  rectificar, tratar de corregir  nuestra actuación y, con ello, seguro llega algo mejor. La anciana le permitió que bajase del árbol y, bajo cierta condición, murió; pero al Paraíso llegó. ;)