En 2001, para mi 8vo. cumpleaños, papi me regaló un libro de cuentos grueso, de tapa dura, con un olor a libro increíble (lo recuerdo como si hubiese sido ayer) titulado "Los mejores cuentos de nuestra vida", un compendio que recoge algunas obras de Jacob y Wilhelm Grimm, Charles Perrault, Alexandr N. Afanásiev, Hans Christian Andersen y otros.
Los he leído todos más de una vez, pero el que realmente me marcó y se quedó como el mejor de mi vida, fue el último (muchas veces lo mejor está al final), un cuento popular francés que no ocupa más de dos páginas, que a continuación transcribo.
"De cómo una anciana engañó a la muerte"
En un pueblo de Artois vivía una
buena anciana que era feliz ayudando a los necesitados. Todo el que llamaba a
su puerta podía estar seguro de que la buena mujer le daría unas monedas y un
buen pedazo de pan blanco; así que los mendigos de los pueblos vecinos nunca
pasaban por los alrededores sin detenerse a hacerle una visita.
Un día, un famoso santo varón, de
cuyo nombre no me acuerdo, que había ido a comer a casa de la anciana cada vez
que había tenido que ir por allí cerca a resolver algún asunto, le dijo:
-
El buen Dios me ha otorgado el poder de
concederos un deseo. Pensadlo bien y decidme qué queréis.
-
Me gustaría que todo el que se suba al ciruelo
que tengo en el jardín no pueda bajar hasta que yo lo diga.
-
Lo que queréis es un poco extraño, buena mujer. Pero,
en fin, que así sea.
Diez años más tarde, la muerte
pasó por la casa de la anciana.
-
Va a cumplir pronto los ochenta –se dijo la
muerte-; ya ha vivido lo suyo, así que voy a llevármela.
Y la muerte entró en la casa.
-
¿Eres tú, muerte? Llevo mucho tiempo
esperándote; estoy preparada para irme contigo cuando quieras, y no creas que
me importa –dijo la anciana-. Pero, no, espera, me equivoco; antes de dejar
esta vida me gustaría comerme un par de ciruelas.
-
Si no es más que eso, espera un momento.
La muerte salió al jardín, se
subió al ciruelo y cogió un par de frutas; pero justo cuando se disponía a
bajar, la anciana dijo:
-
Que la muerte no baje del árbol hasta que yo
diga.
Y por mucho que la muerte la
amenazó, rogó, gritó e insultó, no consiguió que la anciana la dejara bajar del
árbol.
Durante seis meses nadie murió en
la Tierra. Los débiles, los heridos y los enfermos sufrían sin descanso, y
llamaban a la muerte, pero ésta no acudía.
Los más desesperados eran los
médicos, que no conseguían hacer morir ni a la criatura más enfermiza que pueda
uno imaginarse.
Un médico, que era un viejo amigo
de la muerte, se subió al árbol para ayudarla a bajar y lo único que consiguió
fue compartir su suerte.
Al poco tiempo, comenzó a llegar
gente de todas partes a pedirle a la anciana que dejase bajar del árbol a la
muerte. Al final, la buena mujer accedió a condición de que la muerte llamase
tres veces cuando viniese a llevársela.
Entonces la muerte bajó del árbol
y volvió de nuevo a llevarse a los vivos, para alivio de unos y desesperación
de otros.
Al poco tiempo, la anciana envejeció
tanto, y estaba tan consumida y tan desvalida, que fue ella la que llamó tres
veces a la muerte; y así entró en el Paraíso a ocupar el lugar que le estaba
reservado por sus buenas obras.
De él aprendí que como humanos (aun siendo buenos humanos) somos
susceptibles de ser, en algún punto, calculadores
y egoístas en nuestro accionar, olvidándonos de las condiciones de los demás;
como la anciana que por miedo (supongo) a morir, puso a la muerte en el
árbol, dejando de lado a débiles, heridos, enfermos y médicos que padecían por la alteración del
ciclo de la vida.
Que debemos, dejando de lado el orgullo, aceptar el error y rectificar,
tratar de corregir nuestra actuación y, con ello, seguro llega algo mejor. La anciana le permitió que bajase del árbol y, bajo cierta condición, murió; pero al Paraíso llegó. ;)
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