domingo, 24 de agosto de 2014

Aceptar y rectificar.

En 2001, para mi  8vo. cumpleaños, papi me regaló un libro de cuentos grueso, de tapa dura, con un olor a libro increíble (lo recuerdo como si hubiese sido ayer) titulado "Los mejores cuentos de nuestra vida", un compendio que recoge algunas obras de Jacob y Wilhelm Grimm, Charles Perrault, Alexandr N. Afanásiev, Hans Christian Andersen y otros.  

Los he leído todos más de una vez, pero el que realmente me marcó y se quedó como el mejor de mi vida, fue el último (muchas veces lo mejor está al final),  un cuento popular francés que no ocupa más de dos páginas, que a continuación transcribo.

"De cómo una anciana engañó a la muerte"  

En un pueblo de Artois vivía una buena anciana que era feliz ayudando a los necesitados. Todo el que llamaba a su puerta podía estar seguro de que la buena mujer le daría unas monedas y un buen pedazo de pan blanco; así que los mendigos de los pueblos vecinos nunca pasaban por los alrededores sin detenerse a hacerle una visita.
Un día, un famoso santo varón, de cuyo nombre no me acuerdo, que había ido a comer a casa de la anciana cada vez que había tenido que ir por allí cerca a resolver algún asunto, le dijo:
-          El buen Dios me ha otorgado el poder de concederos un deseo. Pensadlo bien y decidme qué queréis.
-          Me gustaría que todo el que se suba al ciruelo que tengo en el jardín no pueda bajar hasta que yo lo diga.
-          Lo que queréis es un poco extraño, buena mujer. Pero, en fin, que así sea.
Diez años más tarde, la muerte pasó por la casa de la anciana.
-          Va a cumplir pronto los ochenta –se dijo la muerte-; ya ha vivido lo suyo, así que voy a llevármela.
Y la muerte entró en la casa.
-          ¿Eres tú, muerte? Llevo mucho tiempo esperándote; estoy preparada para irme contigo cuando quieras, y no creas que me importa –dijo la anciana-. Pero, no, espera, me equivoco; antes de dejar esta vida me gustaría comerme un par de ciruelas.
-          Si no es más que eso, espera un momento.
La muerte salió al jardín, se subió al ciruelo y cogió un par de frutas; pero justo cuando se disponía a bajar, la anciana dijo:
-          Que la muerte no baje del árbol hasta que yo diga.
Y por mucho que la muerte la amenazó, rogó, gritó e insultó, no consiguió que la anciana la dejara bajar del árbol.
Durante seis meses nadie murió en la Tierra. Los débiles, los heridos y los enfermos sufrían sin descanso, y llamaban a la muerte, pero ésta no acudía.
Los más desesperados eran los médicos, que no conseguían hacer morir ni a la criatura más enfermiza que pueda uno imaginarse.
Un médico, que era un viejo amigo de la muerte, se subió al árbol para ayudarla a bajar y lo único que consiguió fue compartir su suerte.
Al poco tiempo, comenzó a llegar gente de todas partes a pedirle a la anciana que dejase bajar del árbol a la muerte. Al final, la buena mujer accedió a condición de que la muerte llamase tres veces cuando viniese a llevársela.
Entonces la muerte bajó del árbol y volvió de nuevo a llevarse a los vivos, para alivio de unos y desesperación de otros.
Al poco tiempo, la anciana envejeció tanto, y estaba tan consumida y tan desvalida, que fue ella la que llamó tres veces a la muerte; y así entró en el Paraíso a ocupar el lugar que le estaba reservado por sus buenas obras.   

De él aprendí  que como humanos (aun siendo buenos humanos) somos susceptibles de ser, en algún punto, calculadores y egoístas en nuestro accionar, olvidándonos de las condiciones de los demás; como la anciana que por miedo (supongo) a morir, puso a la muerte en el árbol, dejando de lado a débiles, heridos, enfermos y  médicos que padecían por la alteración del ciclo de la vida.

Que debemos, dejando de lado el orgullo,  aceptar el error  y  rectificar, tratar de corregir  nuestra actuación y, con ello, seguro llega algo mejor. La anciana le permitió que bajase del árbol y, bajo cierta condición, murió; pero al Paraíso llegó. ;)